"Hablaba mucho en clase y me castigaban siempre, así que tenía que ir a la biblioteca": Entrevista a Maria Oruña

María Oruña (Vigo, 1976) es escritora y licenciada en Derecho. Antes de dedicarse por completo a la literatura trabajó durante diez años como abogada laboralista y mercantil, una experiencia que terminó formando parte de su manera de observar y comprender el mundo. Su primera novela, La mano del arquero, apareció en 2013, y en 2015 publicó Puerto escondido, obra con la que inició la conocida serie protagonizada por Valentina Redondo. Posteriormente publicó Un lugar a donde ir, Donde fuimos invencibles, El bosque de los cuatro vientos y Lo que la marea esconde, entre otras obras. Su trayectoria ha sido reconocida con diversos premios, entre ellos el Premio a Mejor Libro de Ficción del año 2021 de El Corte Inglés por Lo que la marea esconde y el Premio Fundación de la Guardia Civil en 2022.

El albatros negro (2025) entrelaza dos épocas y dos historias conectadas por un misterioso tesoro oculto bajo las aguas de la ría de Vigo. En la actualidad, la historiadora naval Lucía Pascal ha encontrado una pista que podría conducir hasta un tesoro perdido durante siglos, pero muere antes de completar su investigación. El subinspector Pietro Rivas y Nagore Freire, inspectora de Patrimonio, deberán descubrir qué hay detrás de su muerte y de los nuevos asesinatos que comienzan a producirse. Para encontrar las respuestas tendrán que viajar hasta 1700, cuando la joven Miranda de Quiroga, apasionada por la naturaleza y los insectos, se ve envuelta junto a un hidalgo y un fraile corsario en los acontecimientos que preceden a la batalla de Rande, en 1702, en la que numerosos galeones se hundieron en la ría de Vigo. Así, la novela combina misterio, aventura, historia, arqueología submarina y ciencia, mientras reflexiona sobre los tesoros que conservamos, los que buscamos y las historias que permanecen ocultas bajo el mar.

Durante nuestra conversación, María Oruña nos contó cómo nació su pasión por la lectura, sus primeras experiencias con los libros y el inesperado camino que la llevó del Derecho a la literatura. Hablamos también de su proceso de escritura y de cómo, sin una formación literaria académica inicial, fue descubriendo intuitivamente recursos narrativos que después aprendió a identificar y comprender. Conversamos sobre la dificultad de clasificar sus novelas dentro de un único género, el significado del tesoro en El albatros negro, la relación entre pasado y presente y la importancia de conservar la capacidad de asombro y aventura que tenemos cuando somos niños.

María, bienvenida a Viajando entre Letras y muchas gracias por regalarnos este espacio. Para comenzar, me gustaría preguntarte: ¿cómo llegan los libros a tu vida?

Pues mira, en mi casa siempre fueron bastante lectores, pero tenía un problema: hablaba mucho en clase y me castigaban siempre, así que tenía que ir a la biblioteca. Ese era el castigo. Terminé ayudando a la bibliotecaria y, al final, leyéndome un libro a la semana, luego dos. Empecé, pues bueno, con una fiebre lectora muy potente y así, poco a poco, fui generando el hábito.

¿Y recuerdas cuáles eran esas primeras lecturas que tenías?

Había allí una colección que se llamaba Barco de Vapor, que recogía como los más clásicos, pero eran libros de literatura infantil y juvenil. Y luego yo cogía lo que había en mi casa. Recuerdo haber leído Al este del Edén, de John Steinbeck, cuando tenía 11 años, y fue como: “Pero ¿cómo es capaz de crear un universo así?”. Me quedé ya como impresionada. También leí Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena. Fue el primer libro que me generó ese page-turner, esa sensación de no poder parar de pasar páginas para ver qué rayos sucedía con aquel amor adolescente.

Tú estudiaste Derecho. ¿Cómo tomas esta decisión? ¿En algún momento no pasó por tu cabeza, por ejemplo, estudiar Literatura?

Sí. Pues fíjate, muy buena pregunta. ¿Sabes que nunca me lo habían preguntado? El por qué... porque también yo me lo pregunto. Yo estaba en una época en la que parecía que o hacías una carrera o, si no, "¿qué vas a hacer con tu vida?" Mis hermanos, uno había estudiado Ingeniería y otro Biología Marina. Yo estaba decantándome entre Psicología y Derecho, sin ningún tipo de vocación por ninguna, porque yo verdaderamente lo que quería ser era corresponsal de guerra desde los siete años. Yo quería ser periodista de guerra.

¿Qué pasa? Que no me daba la nota y, por circunstancias, no podía desplazarme a Madrid, que era donde había que estudiarlo. Yo vivo al norte de España, unos 600 kilómetros de la capital. Y bueno, al final dije: “A ver qué escojo”. Estudié Derecho a distancia, mientras trabajaba, y estudiaba inglés y francés. Fue así, ya te digo, sin ningún tipo de vocación, pero pensé que era práctico y así estuve trabajando diez años.

¿Y cómo llega ese momento en el que tú dices: “Yo quiero escribir, quiero ser escritora”?

No fue exactamente así. Yo nunca dije: “Quiero ser escritora”. Porque para mí los escritores eran como gente muy lista. Yo era muy diminuta, insignificante, y decía: “Vamos a ver, para eso habrá que ser un cerebrito”. Entonces no se me pasaba por la cabeza. ¿Qué ocurrió? Que yo fui madre y, a la hora de conciliar con mi bufete internacional, en el que trabajaba casi doce horas al día, me di cuenta que era una barbaridad.

La historia es un poco más larga, pero, en definitiva, decidí trabajar por mi cuenta. Y tenía como unos doce meses de baja maternal entre que montaba la web de mi despacho nuevo, y escribí un pequeño ensayo novelado para ayudar a gente que tuviera problemas laborales y legales, eran ciento y pico páginas. Lo regalaba, porque lo escribí para ayudar. No te puedes quejar siempre y no hacer nunca nada por nadie.

Después, me sobraban siete meses y yo con un bebé recién nacido. Entonces dije: “¿Y si soy capaz de escribir algo por diversión?”. Escribí Puerto escondido, no sabía que me iba a cambiar la vida.

Después empezó todo de forma muy progresiva. Yo busqué en internet qué podía hacer con este libro. Vi que había que buscar agente. Creo que me dijeron que no casi todos los agentes de España. Y después de muchos meses hubo alguien que me pidió quince líneas del texto y, dos semanas después, se estaba pujando en las editoriales, se vendían los derechos en el extranjero y yo, en mi casa, sin saber que estaba viviendo el sueño de muchos escritores.

O sea, tenías una vena de escritora en ti.

Sí, pero yo no pensaba ser escritora, ni tenía manuscritos en los cajones, ni me había hecho cursos literarios, ni se me pasaba por la cabeza. De hecho, sufrí el síndrome de la impostora mucho tiempo, años. Y cuando me preguntaban a qué me dedicaba, yo decía: “Bueno, escribo”, así como disimulando, porque decir “soy escritora” era como un engaño. Yo decía: “A ver, escritora es Rosa Montero o escritor es Gabriel García Márquez”.

Pero ahora ya sí lo digo, porque ya sé lo que me cuesta. Me dedico solo a esto y supone mucho trabajo.

¿Y tus compañeros de trabajo, por ejemplo, se enteraron de esta otra parte? ¿Era como tipo Hannah Montana: soy abogada, pero también soy escritora?

Yo siempre procuré tener un perfil bajo, era muy discreta. Imagínate qué palo llegar a una fiesta de Sant Jordi en Barcelona, que allí se celebra mucho, y estás en un aperitivo y a un lado tienes a Eduardo Mendoza, a Rosa Montero... Dices: “¿Qué rayos pinto aquí?”. Entonces yo estaba calladita. Si me saludaban, bien, pero era como: “Tengo miedo hasta de decir nada”.

¿Y en qué momento dijiste: “Soy escritora”?

Pues mira, una vez más, tampoco fue en plan épico, en plan Lo que el viento se llevó, de “pongo a Dios por testigo”. No. Realmente es una acumulación de cosas. Después de: “Acabo de hacer una gira por Italia, acabo de vender los derechos en Polonia...”. Dices: “A ver, céntrate, ya está bien de ser tan humilde”. Sí, puede ser humilde igual, pero por reconocer que tu trabajo puede ser meritorio no pasa nada.

¿Extrañas algo del Derecho?

Nada en absoluto. Porque claro, yo tampoco era una abogada que dijeras en plan: “Protesto, señoría, y ahora voy a salvar y a resolver un crimen y una investigación”. Yo trabajaba para bancos, era abogada laboral, mercantil, muchos procesos de despidos... No muy literaria la cosa...

Y entrando a tus novelas, hablábamos de que hay un conflicto en cuanto al género. Si uno googlea “María Oruña”, tu obras aparecen como novela negra, novela policiaca, novela detectivesca, pero también tiene tintes históricos. ¿Tú misma cómo defines tu obra?

Pues mira, yo, por lo general, me siento más a gusto diciendo: “Escribo novelas de misterio”, sin olvidar que siempre va a haber elementos históricos y científicos en todas. Me interesa la vocación al conocimiento: entender qué pintamos en el universo, entender hasta dónde puede llegar el cuerpo humano.

Recuerdo que la primera vez que me llegó un libro escrito por mí y en la faja ponía: “María Oruña, la nueva reina de la novela negra”, o algo así. Y me molestó porque yo pensé: “¿Cómo novela negra? Yo no escribo novela negra”. Pero claro, hay un crimen... Este es el debate abierto, infinito: si hay un crimen, ¿ya es novela negra? Sería faltar a la línea purista de Raymond Chandler: tipo ambiente urbano, lenguaje..., investigador casi siempre masculino, etcétera. Y yo no escribo nada de eso.

Es absolutamente fascinante. ¿Cómo construyes la estructura de tus novelas y logras atrapar al lector, especialmente teniendo en cuenta que tu formación literaria fue principalmente autodidacta?

Pues mira, es interesante lo que dices porque también abre otro debate, que es el talento o la formación. Y, como todo en esta vida, tiene que haber un equilibrio. Tienes que tener el toque. Yo hice todo por intuición: las escaletas, inicio, nudo, desenlace, un dossier de personajes... Para mí era algo natural hacerlo. Sin embargo, había cosas que yo desconocía y siempre tienes que estar leyendo de muchos tipos de géneros.

Recuerdo que me llamó un corrector de Barcelona cuando se editó mi primer libro y me dijo: “Caray, es increíble, eres la autora que mejor hace el estilo indirecto. Nunca había visto a nadie haciendo algo así”. Y yo le dije: “Pues sí, la verdad que soy muy buena haciendo el stream of consciousness (flujo de conciencia)”. Y bueno, yo soy bastante bromista en mi día a día y él se dio cuenta. Me dice: “Tú no tienes ni idea de lo que es eso”. Y no tenía ni idea.

Entonces me dijo: “Mira, te voy a recomendar unos libros”. Y me recomendó unos libros de críticos literarios, casi todos eran norteamericanos, y me dijo: “Tú léelos para entender qué estás haciendo y qué recursos técnicos estás utilizando, porque ya los utilizas, pero debes saber cómo se llaman, qué estás haciendo. Y luego olvídate de todo, olvida las normas, pero tienes que formarte”.

Y lo hice. Me autoformé.

Qué interesante. Tú mencionabas que tienes un equilibrio en los datos históricos y científicos. ¿Cómo entrelazas eso para que siga siendo una novela divertida y no, por ejemplo, una enciclopedia?

Yo creo que una de las grandes labores de los escritores es filtrar, filtrar información y que no duela. Es decir, yo, por ejemplo, para El albatros negro, que es una novela de aventuras histórica, de misterio, de acción, lo que quieras... Imagínate: encontré muchísima información histórica. Estamos hablando de galeones hundidos, de la Flota de Indias, etcétera, etcétera.

A lo mejor el 80% de lo que encontré, lo eliminé. Había cosas que eran interesantes, pero lo principal es la historia y que el lector se sienta entretenido. Entonces, no tienes que sufrir al cortar. Yo lo que hago es dejar enfriar el texto, lo retomo un par de semanas después y empiezo a leer. Si me engancha, bien. Si noto que empiezo a leer en diagonal y salto algo, ese dato sobraba. Sin dolor, fuera.

Te habrá llevado muchas horas conseguir entrar en no sé qué archivo para localizar esa hoja, pero no sirve. Entonces, quita.

Tienes una parte muy lectora a la hora de escribir.

Bueno, supongo que como todos, ¿no? Porque yo después, a la hora de leer, tengo que ver si a mí me funciona, si disfruto el diálogo o no, si es natural o no. Por ejemplo, todas las formas de hablar tienen que ser correctas y adecuadas: gente de distinta nacionalidad y distintas culturas, la jerga que utilizan... Todo eso puede llevar muchas horas. Pero el truco está en que no se note que te ha dado tanto trabajo y que parezca fácil.

Pero eres también muy autocrítica. Porque uno a veces, cuando escribe algo, dice: “Esto es lo mejor del mundo”, y tú tienes esa capacidad de decir: “No, esto quitémoslo”.

Yo creo que es necesario, porque lo que más me importa siempre es respetar al lector. Todos mis libros tienen un enigma, y hay que resolverlo. No puedo permitir que tú, al cerrar el libro, te sientas defraudada. Que tú digas: “Pues qué porquería, me abrió aquí como cinco líneas y una o dos están sin cerrar. No sé qué pasó con la anciana o no sé qué pasó con no sé qué”. Eso no lo puedes hacer jamás.

Te gustará más la temática náutica o de fantasmas o de arqueólogos o de lo que sea, pero al terminar tienes que hacerlo con una sonrisa y decir: “Oye, no he tirado mi dinero. Esto ha estado bien y ha sido como ir a ver una obra de arte”.

Qué hermoso eso. Hablemos del título: El albatros negro. El albatros es un pájaro que es blanco.

A mí me gusta mucho jugar con los lectores. Varios me escriben en el momento en que descubren por qué se titula así el libro y a veces me mandan un mensaje. Casi siempre les pido, por favor, por privado, para que no hagan spoiler.

Cuando estaba investigando cómo se vivía en el siglo XVII, desconocía realmente cómo era la vida de los marineros de aquella época, que viajaban tanto a América desde España, qué ansiaban, qué veían, qué conocían. Y el albatros allí no es un ave muy conocida. Cuando descubrí que los marineros creían que sus almas perduraban en los vuelos de los albatros y que, a pesar de la vida durísima que tenían, apenas llegaban a los 40 años, creían que parte de esa forma salvaje de vivir seguiria, en el aire, cuando ellos ya no estaban, me pareció muy bonito. Y por eso hay aquí personajes que están inspirados en personas reales.

A mí, de lo que he leído de la novela, me parece muy interesante esa dualidad humana de poder crear belleza, incluso admirar la belleza, pero también destruirla.

Claro. Por eso también, si te fijas, el libro son dos novelas en una y tiene dos voces narrativas, una del XVIII y otra del XXI, para dar perspectiva a esa dualidad que tú citabas.

¿Qué tipo de mujeres nos encontramos en cada una de las dos tramas?

Suelen ser fuertes las mujeres que salen de mis libros, pero no pueden ser anacrónicas. Cada una tiene que ser hija de su tiempo. Por ejemplo, la investigadora de la brigada de patrimonio en el siglo XXI no hace más que mirar hacia el pasado. Y Miranda, que es la protagonista del siglo XVI, solo mira hacia el futuro: quiere cambiar. Creo que los libros tienen la obligación de ser honestos. Entonces, si hubo mujeres fuertes y no han salido reflejadas en las novelas, debo ponerlas.

Mira las novelas de aventuras de Julio Verne o Stevenson: en sus tramas jamás vas a ver mujeres. A veces, como una persona que abre la puerta en una escena, punto, nada más. Entonces, Miranda, por ejemplo, sí está inspirada en una persona real, dicen que fue la primera entomóloga de la historia, holandesa, que en el año 1700 ya estaba divorciada, con dos niñas, y se había conseguido una beca para ir desde Holanda hasta Surinam para dibujar bichos, insectos y todo eso.

Luego ella creó sus propios libros de información científica, que nunca fueron respetados. Primero, porque era mujer. Segundo, porque no escribía en latín, que era el idioma de la ciencia. Y tercero, porque ella sostenía que sí existía la metamorfosis, una oruga a una mariposa, cuando en aquella época lo que se creía es que los bichos salían de la nada, directamente.

¿Qué fue lo que más te fascinó descubrir durante tu investigación sobre los tesoros y las profundidades del océano para El albatros negro?

Me sorprendió mucho la normativa que había, por lo menos en Europa, que si algo lleva más de 100 años bajo el agua, ya no se puede tocar: ya es un resto arqueológico, salvo que sea cableado de una industria o para los gobiernos. Y bueno, claro, ahí se abre el debate. Yo nunca doy opinión como narradora omnisciente, pero mis personajes sí que discuten. Unos están a favor y otros en contra: “Pero ¿por qué? ¿Por qué no lo vamos a sacar?”.

También me sorprendió el propio objeto de búsqueda de este libro: el tesoro. Se supone que estaría a unos 100 metros de profundidad y yo pensaba: “¿Cómo cambia el criterio?”. Porque, vamos a ver, el Titanic está a casi 4.000 metros y se han desplegado medios enormes para localizarlo y estudiarlo; incluso ha habido accidentes muy graves relacionados con ello. 

Esto también permite ver cómo los gobiernos priorizan unas cosas sobre otras. Casi estamos seguros de que, si supieran que hay doblones de oro ahí abajo, bajarían a buscarlos. Pero si lo que hay es un barco cuyo interés está en estudiar su arquitectura, su historia y su valor arqueológico, quizá ya no interese tanto.

Para terminar, María, si la clave para resolver nuestro presente está en el pasado, ¿qué crees que nos envía como mensaje El albatros negro, que está en 1700?

Bueno, que la vida es un viaje y que tiene que ser divertida, entretenida. La vida es una oportunidad y hay que tomarla con humor, con amor. Pero también debemos detenernos a veces. Más allá de la religión que cada cual profese, a veces sí que hay que detenerse y observar. Mirar hacia atrás para entender qué rayos estamos haciendo hoy aquí. Por eso la cita del comienzo de la novela: “Nadie habrá sido niño si antes no ha buscado un tesoro”. Pues ojalá los lectores se diviertan y estén muy contentos, página a página, buscando ese tesoro.

María, muchísimas gracias por acompañarnos y por compartir con nosotros tu historia, tu proceso como escritora y tantos detalles sobre El albatros negro. Agradecemos a Penguin Random House Colombia por abrirnos este espacio en la FILBo 2026 y por hacer posible este encuentro, que nos permitió conversar sobre literatura, misterio, historia, ciencia y esos tesoros que permanecen escondidos bajo el mar. Ya saben que pueden encontrar El albatros negro en las librerías de Colombia y que vale la pena embarcarse en esta aventura para descubrir qué misterio se esconde detrás de sus páginas.